Es habitual el comentario sobre malos periodistas que sentencia aquello de «que la realidad no te estropee un buen titular». El dicho puede ser ampliado a otros ámbitos como el judicial y traducirse en «que la realidad no te estropee un buen auto», y entiéndase el «buen» como un auto conveniente a los intereses gubernamentales y que sacie el hambre de carnaza de unos medios que en este ámbito hace tiempo que cambiaron la función de informar por la de hacer propaganda. En el caso de Baltasar Garzón, el mencionado dicho adquiere carácter de constatación, pues han sido varios los sumarios que se han derrumbado como un castillo de naipes al llegar a la hora de la verdad judicial.
Los 24 folios del auto contra los ocho miembros de HB detenidos el pasado fin de semana están llenos de prejuicios y carentes de pruebas. Se basan exclusivamente en el axioma de que ETA dirige todas las estructuras organizativas y, a partir de ahí, cualquier pieza se hace encajar en el tipo penal de integración en organización terrorista. Por ejemplo, Garzón establece sin prueba alguna que la Herri Enbaxada es «un órgano bajo control político de ETA» y el tener documentación relacionada con esta sede abertzale pública y legal coloca bajo sospecha cualquier ciudadano. Otro ejemplo: allí donde la documentación incautada dice textualmente «la casa es de HB», Garzón interpreta «un inmueble propiedad de ETA». Con esta técnica y remontándose a la división de ETA en los «Frentes Militar, Político, Obrero y Cultural», decenas de miles de ciudadanos vascos pueden acabar imputados por la Audiencia Nacional. Y la onda expansiva, si el Estado tuviera necesidad de ello, puede traspasar los límites de la izquierda independentista y afectar incluso al PNV. La amenaza ya ha sido escrita.
Nunca ha estado tan claro como ahora que estas operaciones coordinadas entre el poder jurídico, el político y el mediático y dirigidas contra organizaciones legales de la izquierda abertzale tienen una función de inequívoco chantaje. Jaime Mayor Oreja sigue empecinado en reproducir el proceso de disolución de ETA político-militar y pretende que la presión represiva sobre el conjunto del movimiento independentista se traduzca en una reacción de exigencia de alto el fuego. La táctica cuenta con la anuencia de influyentes sectores que conocieron muy de cerca aquel proceso. Pero estos estrategas olvidan que quien aprende de los errores ajenos no está obligado a repetir la historia. *
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